Hace unos 210 millones de años, durante el periodo Triásico, cuando solo había un único continente rodeado de mar, donde ahora están las montañas del Montseny, el paisaje era completamente diferente. Había una llanura tropical con selvas de helechos gigantes, equisetos y algunas plantas leñosas. Los ríos de poca profundidad, pantanosos y de aguas muy calidas eran pobres en oxígeno. Los peces y los insectos eran muy abundantes, pero no había ni mamíferos, ni aves, ni los reptiles actuales.
Aquí vivió el linaje de unos anfibios primitivos, concretamente de los laberintodontos temnospóndilos, de los cuales hay quién piensa que derivaron los anfibios actuales. Restos fósiles de estos individuos han llegado hasta nuestros días. Este protagonista del pasado pertenece a la familia de los Capitosauros y a la especie Paratosuchus nasutus y sus restos han quedado parcialmente fosilizados. Este género de anfibios antiguos llego a ser bastante abundante y tuvo una distribución amplia. Restos de su cráneo de aproximadamente 5 x 28 x 31cm, mandíbulas, huesos de sus extremidades, vertebres, costillas y cinturas escapulares fueron halladas en los llanos de la Calma en 1989, gracias a la infatigable prospección arqueológica de dos colaboradores del Museo de Granollers: los señores don Pere Font y don Emili Ramon. Más tarde se recuperaron más restos durante la excavación llevada a cavo por el Instituto Paleontológico Crusafont de Sabadell y por nuestro museo. La mayoría de los restos se encuentran depositados en el Instituto Paleontológico Crusafont de Sabadell. Este hallazgo generó la exposición Triàsic, el laberintodonto del Montseny, expuesta en Granollers y Sabadell, y que posteriormente se exhibió en otras ciudades y pueblos de Cataluña. El laberintodonto del Montseny es el tetrápodo (animal vertebrado con cuatro extremidades) mas antiguo descrito hasta la fecha en Cataluña. Además del laberintodonto, también se han encontrado restos de un reptil mameriforme, el Lystrosaurus.
Es difícil saber como era la vida de este animal como también reconstruir las medidas y la forma de su cuerpo, cuando solo tenemos algunos de sus huesos, pero no es incorrecto imaginarlo como un anfibio de cabeza grande y ancha, aplanada, con una boca muy grande llena de pequeños dientes, parecido a un cocodrilo. Sus extremidades pequeñas y cortas, insertas en un cuerpo ancho, corpulento y aplanado debían permitirle moverse con facilidad en el agua, pero no muy bien por tierra. Las reconstrucciones más verosímiles hacen pensar que tenía una cola comprimida en forma de remo para facilitar su propulsión en el agua y por esta razón pensamos que su actividad terrestre probablemente era pura anécdota. Muy posiblemente los primeros reptiles que ya estaban presentes en esa época, estaban mejor adaptados a la vida en tierra firme, y los laberintodontos habrían vuelto a la vida acuática para evitar competir con ellos. Tratamos entonces con un depredador acuático de cerca de un metro de longitud corporal y lo podemos imaginar como un equivalente ecológico a los actuales cocodrilos.
Así, el laberintodonto del Montseny podría haber actuado como un depredador al acecho que espera el paso de sus presas escondido e inmóvil debajo del agua, camuflado en los fondos arenosos para atacar a los peces. De hecho, sabemos que los últimos laberintodontos (Koolasuchus) sobrevivieron en Australia durante el período Cretáceo (130 – 65 millones de años) quizás porqué el clima allí era demasiado frío para los cocodrilos, mientras que estos compitieron más eficazmente con los laberintodontos y los extinguieron en el resto de continentes.